El filósofo Slavoj Žižek en su libro Contra el progreso (Paidós, 2025), nos invita a repensar el concepto del progreso más allá de la linealidad y trascendencia que conlleva, pues inicia de manera contundente: “Lo primero a lo que hemos de renunciar es, pues, a cualquier noción de progreso lineal y global de la humanidad, ya sea formulada por Karl Marx, ya sea postulada por los liberales como Francis Fukuyama (quien declaró el fin de la historia) o dominada por la dialéctica de la Ilustración” (2025, p. 14). Esa renuncia refiera a poner fin a la idea del progreso como fin último y estadio superior de la humanidad, pues, muy a su estilo de utilizar referencias de cine y chistes para explicar sus ideas, menciona que en la película “El truco final” de Christopher Nolan, un mago realiza un truco en el cual desaparece un pájaro de una jaula al momento de aplastarla, un niño del público llora, pero el mago se le acerca y le aparece a un pájaro vivo en su mano. El niño le cuestiona y le dice que ese es otro pájaro, que el de la jaula está muerto. Al final de la escena el mago sale tirando a la basura al pájaro muerto. Es justo en esta imagen del pájaro que tiene que ser sacrificado para que truco pueda funcionar, que Žižek ubica la noción dialéctica del progreso, porque “cuando llega una etapa nueva y superior, debe de haber un pájaro aplastado en algún lugar” (p. 13).
Esta figura del progreso como pájaro aplastado es importante para cuestionarnos temas vinculados con la arquitectura y el urbanismo basados en el progreso, lo cual suena a contra corriente, porque tanto la innovación como la sustentabilidad son temas permutados bajo esa linealidad y trascendencia, pero a su vez dejan pájaros aplastados en el camino. Porque para que una propuesta sea innovadora y sustentable, se sacrifica un pájaro, ya sea una vivienda sustentable de BTC o un modelo de desarrollo territorial, se extrae el material de alguna parte o se impone a las comunidades el diseño por más participativo que se le nombre. Al igual los modelos de desarrollo producen un nivel de exclusión/inclusión, porque el progreso como fin último renuncia a la contingencia y recursividad, negando la posibilidad de observar desde los efectos de interior en referencia a lo exterior.
El progreso se impone de manera vertical y oculta esos pájaros aplastados, así como otras posibilidades, pero para Žižek el punto de partida tendría que ser la idea de que no existe el progreso en general, porque “el progreso es el desarrollo interno de un sistema, la actualización gradual de sus potencialidades, por lo que todo depende de qué sistema sirve como punto de referencia” (p. 23). De ahí que bajo la idea del progreso lineal y transcendental se ocultan los pájaros muertos, porque se parte de ideal universal del progreso que niega otras formas de hacer, otras tecnologías y otras formas de vida como posibilitados del progreso. De ahí que el progreso sea plural y cada uno aplasta sus propios pájaros, pero el ocultarlos produce mayor resonancia en su definición, porque “cada paso adelante que merezca el nombre de progreso implica una redefinición radical de la propia noción de progreso; necesitamos redefinir constantemente el progreso y esta redefinición es una parte crucial de este” (p. 25). Por ello no es lineal con dirección a una meta, al contrario, es recursivo y se redefine desde los efectos de sus potencialidades seleccionadas, eso conlleva a dejar a un lado la idea de un universal que trasciende que ha ocultados bastantes pájaros aplastados.
Para alcanzar el auténtico progreso, el autor nos menciona que existen dos pasos: el primero cuando se materializa lo que se considera progreso; el segundo cuando se redefine la noción del progreso a partir de cobrar conciencia del pájaro que se aplastó. De tal forma que “un verdadero progreso aspira asimismo a redimir a todos los pájaros aplastados de los progresos pasados; no a redimirlos en la realidad (el sueño biocosmista), sino a redimir la potencialidad que estaba presente en ellos” (p. 31). De ahí que el progreso siempre será contingente y no lineal, pero para ello hay que dejar a un lado la idea de conceptualizarlo como designador rígido, que es un significante “que designa el mismo objeto «en todos los mundos posibles», es decir, incluso si se alterasen todas sus propiedades positivas […] fija así el núcleo real al objeto designado, aquello que en él «siempre regresa a su lugar»” (p. 114). Po lo tanto, el designado rígido dota de autoridad al incorporar lo real al concepto de progreso, pero eso mismo permite que omitan los pájaros aplastados al imponerse como ley en aras de la trascedencia porque ¿quién podría estar en contra el de progreso? Pero lo real se puede resignificar de distintas maneras si se abren las posibilidades a la contingencia y se ve toma distancia del deber ser de la linealidad teleológica del progreso.
De ahí que la pertinencia de este libro para las disciplinas como la arquitectura, el urbanismo o las ciencias del hábitat radica justo en tomar distancia de esa idea de progreso, que es predominante y se manifiesta en conceptos que se vuelven lugares comunes como la sustentabilidad o la innovación que ubican al progreso lineal y trascendente, como una autoridad, pero la autoridad es “el nombre de un gesto que establece («constituye, crea») un cierto estado cosas en el propio acto de establecer («certificar, afirmar, aseverar») que «las cosas son así» (p. 128). Y el riesgo de establecer que «las cosas son así» es que se vuelve ley y permite que se aplastes pájaros y se oculten con tan de que se logre la finalidad. La paradoja radica en que esa finalidad no se cumple por plantearse de forma lineal, lo que hace que la contingencia se presente como una catástrofe, ideología que se ha instituido la modernidad y que nos tiene inmersos en constantes crisis.
Partiendo de la idea de la renuncia del progreso lineal, Žižek pone el dedo en la llaga de las consecuencias que ha traído tanto en lo ambiental como lo social, lo cual va desarrollando en trece capítulos que se pueden leer de forma independiente pero componen un corpus alrededor de las consecuencias perversas del progreso y sus posibilidades para pensarlo de otra manera. En ellos analiza la propuesta de los aceleracionistas, como la holografía permite reinterpretar la historia, como la física cuántica permite explicar la lucha de clases, la autoridad y como por la elipsis podemos salir de su estructura, posibilidades para la esperanza, la democracia como simulación, el genocidio de Gaza, así como la fascinación por el apocalipsis y la aceptación de la catástrofe para poder llevar a cabo un cambio que conlleva dejar a tras la idea de progreso lineal.